A eso conducen las
historias de Percival...
De tanto hablar,
escribir, quejarse o denunciar, llega el momento en que uno se cree policía, o
por lo menos capaz de leer la mente de sus oficiales.
Al revés primero, al
derecho después, como novelas o películas del género negro, que empiezan por el
final.
Ante el desaguisado de
la persecución, que puso a los investigadores de mojiganga, aparentemente,
ahora se cubre la falta con desenfreno.
Más que evidente, un
loco interés por presentar la banda de Percival como más fiera y peligrosa de
lo que realmente fue. Tenía en su haber tres asaltos, pero después de muerto el
cabecilla su registro es mayor.
Lo cargan de futuro,
con delitos sin cometer, y más ominoso que el pasado. Secuestro, robo de avión,
tráfico de drogas, y no a escala local, sino internacional.
¿A qué alarmar la
población si los maleantes ya no pueden hacer daño? Robertico, que tenía su
propio Ángel, ahora anda bronco, mirando hacia los lados, cuando antes vivía de
lo más quitado de bulla. La exageración, sin embargo, tendrá algo bueno. Creará
las condiciones para que florezca la industria de los guarda espaldas, pues
ninguna figura pública o importante querrá andar sola.
DE BUENA TINTA / DIARIO LIBRE.
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