VICTOR MANUEL GRIMALDI
Durante los últimos 50
años han surgido dos o tres generaciones de mujeres y hombres que prestan poca
o nada de atención a los hechos históricos.
Parece una postura
natural de los seres humanos, no ocuparse de sus raíces en el acontecer de los
tiempos.
Desconocen y no les
interesa saber por qué somos el producto de un proceso socio-histórico que
tiene sus raíces en el encadenamiento de hechos concretos de la vida en
sociedad.
Peor es que muchas
personas que en estos momentos ocupan puestos de mando empresariales y públicos
muestran indiferencia en crear conciencia social.
Es cierto que hay
instituciones e intelectuales que se ocupan de enseñar la historia, pero la
verdad es que en las últimas décadas se ha impuesto una conducta social que se
desentiende de estas cosas.
En la República
Dominicana no estamos ajenos a este fenómeno de la época.
Analicemos nuestra
realidad criolla en esta materia.
Siempre es bueno acudir
al caso específico del derrocamiento de la Constitución de la República y de su
Gobierno legítimo que produjo el Golpe de Estado de 1963 contra Juan Bosch.
Y relacionarlo con la
intervención militar extranjera de 42,000 soldados que se realizó para obligar
a los dominicanos a cambiar sus principios constitucionales de 1963.
Los poderes extranjeros
que en 1963 derrocaron nuestra Constitución, los mismos que nos invadieron en
1965, están detrás de los grupos pagados y sus voceros que hoy buscan derrocar
la actual Constitución del Estado Dominicano.
Tratan de doblegar la
Constitución del Estado Dominicano con maniobras pueriles, con maniobras
falsas, con argumentos alienantes promotores de un supuesto modernismo.
Su objetivo en este
momento es engañar y burlarse de la cultura de vida humana fundamentada en las
enseñanzas cristianas de la Biblia que está insertada y forma parte de nuestro
Escudo Nacional.
Al mismo tiempo,
siembran cizaña, confunden y dividen dentro de nosotros mismos.
Está muy fresca en la
memoria la reciente embestida que poderes extranjeros han propiciado en contra
de la nacionalidad que tanto le ha costado crear al pueblo que hace 500 años se
fundó en América con las enseñanzas del Dios creador, Jesucristo.
Por eso nos llamamos
dominicanos. Los hijos de Dios.
Nadie puede negar lo
que somos y siempre hemos sido. Los archivos históricos, la arqueología, los
testimonios, demuestran que somos producto de la cultura cristiana.
El Estado Dominicano
fue creado, constituído, bajo esos criterios por Juan Pablo Duarte. Su
existencia es resultado de Luchas y Sangre vertida por los Mártires de nuestra
nacionalidad Dominicana que han evitado durante siglos que en la Tierra
Dominicana impere para siempre la barbarie.
Juan Bosch era
cristiano, bautizado, y sabía lo que era la religión, y lo que era el Estado y
la política. Pudo crear un Partido como el PLD que hoy gobierna la República
Dominicana porque él supo trazar el sendero.
Eso no lo perdonan
ciertos personajes que se creen el ombligo del país.
Los discípulos de Juan
Bosch tienen la gran responsabilidad de ilustrar la memoria de las nuevas
generaciones cumpliendo y respetando la Constitución de la República que todos
hemos jurado cumplir como fundamento de la Concordia Nacional.
Hay que evitar que la
sociedad dominicana termine disolviéndose gracias a los poderosos poderes
extranjeros golpistas de 1963, interventores militares foráneos de 1965.
El plan está en marcha.
El pueblo dominicano está siendo obligado a dejarle su territorio a otro pueblo.
Poco a poco lo van sacando de sus campos y barrios. El que lo niegue no quiere
ver la realidad.
El genocidio, bajo
presión y chantaje a los poderes públicos,
ahora camina con otros sofismas.
Es el caso de la
modificación del Código Penal que cursa en el Congreso. Y la presión al Poder
Ejecutivo y los Congresistas para que propicien el genocidio del aborto
proviene de los poderes extranjeros que también exigen que el pueblo Dominicano
ceda su territorio a otro pueblo.
Quienes hagan el juego
a estos planes serán responsables de crear las condiciones que en pocos años
borrarán al pueblo Dominicano de su patria.
Tomemos conciencia de
ello. Eso es lo que está en juego. No otra cosa.
Si somos políticos,
como Juan Bosch, hagamos siempre lo que conviene, y lo que conviene es lo que
favorece la sobrevivencia de un pueblo como el Dominicano, valiente, luchador,
al cual los poderosos tratan de hundir con males como la droga y la
enajenación, costumbres aberrantes y viciosas,
y hacerlo desaparecer como víctima de un genocidio monstruoso.
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